viernes, 3 de febrero de 2012

Aporte para los encuentro temáticos_enviada por Luis E Gavazaut_militante revolucionario

APROXIMACIÓN A LA COMUNA SOCIALISTA DEL SIGLO XXI [1]

Por: Luis Enrique Gavazut

De acuerdo con el análisis marxista de la historia, la explotación del hombre por el hombre, que deriva en lucha de clases, es el motor del aparato productivo de la sociedad. Según esta postura, la historia tiene un sentido teleológico, cual es el de aumentar indefinidamente sus “fuerzas productivas”. Cuando un determinado estadio o forma histórica de la lucha de clases ya no es suficiente para garantizar el aumento de las fuerzas productivas que el crecimiento de la sociedad demanda, entonces se produce una ruptura traumática con ese estadio para dar paso al siguiente. Así explican Marx y Engels por qué de la sociedad esclavista se pasó a la sociedad feudal y de ésta a la sociedad capitalista. Y también con base en esos mismos postulados, pronosticaron el tránsito de la sociedad capitalista a la sociedad socialista y luego de ésta a la sociedad comunista. El constructo clave subyacente a esas interpretaciones de la historia es el de “fuerzas productivas”.

Quizás por eso es que Marx concedió tanta importancia a la producción, erigiéndola en el pilar fundamental de su visión científica de la sociedad, concibiendo como la clave para la transición al siguiente estadio histórico la sola transformación de las relaciones de producción capitalistas, las cuales deberían pasar de la lógica explotadora obrero-patronal a la lógica emancipadora socialista, mediante la erradicación de la propiedad privada del capital (medios de producción) y de la división social del trabajo. Para Marx la lucha de clases –que en ese entonces era prácticamente sinónimo de lucha obrera- constituía el mecanismo principal para lograr esa ruptura con las relaciones de producción capitalistas.

Ahora bien, la lucha de clases pierde poder explicativo de la historia cuando se aprecia que la explotación del hombre por el hombre en la sociedad va más allá de las relaciones de producción obrero-patronales. La explotación en Marx es un fenómeno netamente capitalista; pero en realidad no es así, pues hay explotación en el hogar, en la iglesia, en la comunidad; es decir, en contextos donde no existen las relaciones de producción capitalistas. De hecho el principal explotador en la sociedad humana no es la empresa privada, sino el Estado, dado su carácter de principal organización productora/distribuidora de bienes y prestadora de servicios, así como por ser el principal accionista de todas las empresas capitalistas, en virtud de la tasa de impuestos. En sociedades como la venezolana, el Estado es de hecho la principal corporación productiva, así como el más grande empleador de todos; por lo tanto, el Estado es el más grande patrono explotador contra el cual habría que rebelarse; esto siguiendo a Marx, por supuesto, y su lógica de la lucha de clases obrero-patronal o proletario-capitalista.

En todos los intentos que ha habido de lograr la transición del capitalismo al socialismo y, más allá, al comunismo, se ha caído en el error de creer que la sola transformación de las relaciones de producción obrero-patronales al interior de las organizaciones productivas de la sociedad, bastaría para expandir las fuerzas productivas y garantizar la satisfacción de las necesidades humanas de todos los miembros de la sociedad. La consecuencia ha sido, invariablemente, la misma: el desplazamiento de la explotación privada por la explotación estatal y del capitalismo privado por el capitalismo de Estado.

El problema, a mi modo de ver, es que en todo esto de la historia y sus tendencias, se ha perdido de vista un miembro fundamental de la ecuación socio-económica, que es el relativo al mercado. Ciertamente la producción y sus formas explotadoras constituyen una aberración fundamental de la sociedad, pero no menos aberrante resulta el mercado y su lógica irracional de intercambio. No puede desvincularse la producción del mercado, pues ello sería desvincular el producto del consumidor al cual está dirigido.

La razón que explicaría, a grandes rasgos, el fracaso de los intentos históricos de alcanzar el socialismo pleno, sería entonces el haberse ocupado de transformar las relaciones de producción, pero descuidando por completo las relaciones de intercambio u ocupándose de ellas de una manera errada. Esa miopía histórica es extrapolable al sujeto, quien ha sido concebido casi exclusivamente como trabajador u obrero explotado, desatendiendo totalmente a su rol como consumidor dependiente del mercado.

Naturalmente, lo anterior ha favorecido los intereses de las élites dominantes, dado que les ha garantizado un inmenso mercado de consumidores para la más variada gama de sus productos y servicios generados con la fuerza de trabajo de esos mismos consumidores, por la cual pagan un precio irrisorio en comparación con lo que le cobran por los productos y servicios que simultáneamente les venden.

Por lo tanto, la ecuación completa de la explotación del hombre por el hombre no solamente debe incluir el término de la plusvalía que obtiene el patrono a expensas de sus obreros, sino además el término de la plusvalía que obtiene ese mismo patrono de sus consumidores (que por lo regular incluye a sus propios obreros).

Los proletarios han favorecido los intereses del capital en esa doble vertiente: como trabajadores y como consumidores. Y hoy en día, una mejor explicación de la incapacidad de la sociedad para satisfacer las necesidades humanas de todos sus miembros es la dependencia del mercado. Es por eso que me atrevo a plantear que en la actualidad, de cara al Socialismo del Siglo XXI, la lucha de clases tiene que ser para independizarse del mercado, tanto o más que del patrono.

Hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, el sistema capitalista mundial dependía de las masas proletarias por su aporte como trabajadores; pero ahora, con la mecanización, la automatización y la robótica, la realidad es otra. La fuerza de trabajo de las masas ya no es tan necesaria.

Interesantes tesis como la planteada por Susan George, en su extraordinaria obra “Informe Lugano. Top Secret. Cómo preservar el capitalismo en el siglo XXI”, publicada en 1999, aseguran que los grandes males sociales de hoy día, como el hambre, la guerra y las enfermedades, obedecen a un plan premeditado de las élites para reducir la sobrepoblación habida cuenta de que gracias a la innovación tecnológica ya no la necesitan tanto como antes; todo ello con el fin de disminuir la sobrecarga del medio ambiente y la sobreexplotación de los recursos naturales, principalmente los energéticos, de tal suerte que el sistema capitalista siga siendo viable. Según esta tesis, la sobrepoblación fue un mal necesario, que ahora mediante un plan macabro pretenden las élites corregir. El punto flaco en esta hipótesis, no obstante, es el hecho de que todavía los principales exponentes de la élite planetaria se oponen rotundamente a la adopción de medidas profusas de control de la natalidad (como es el caso del gobierno de los Estados Unidos y el Vaticano).

La explicación está, a mi juicio, en el hecho de que el sistema depende de las masas por su aporte como consumidores; estando aquí la respuesta al por qué las élites contemporáneas siguen fomentando la sobrepoblación, amparándose principalmente en preceptos religiosos, pese a que está científicamente comprobado que la sobrepoblación es altamente perjudicial para la sustentabilidad ambiental de la empresa humana.

El intento de subvertir el sistema capitalista mediante el control de las fábricas o de la banca no conducirá al socialismo, porque esas fábricas y esos bancos continuarán funcionando dentro de la misma lógica capitalista del intercambio, es decir, dentro de la dictadura del mercado (en el caso de la banca la dictadura del mercado financiero, donde opera la lógica de prestar dinero a cambio de un interés). Pero hay una forma de romper con esa dictadura y no es otra que controlando el consumo. Ya no se trata solamente de controlar la producción, sino que además hay que controlar el consumo. Si se logra controlar el consumo planificadamente, se destruye la lógica del mercado y se derrumba el sistema capitalista. Esto puede lograrse, en mi opinión, mediante los que he dado en llamar: “monopsonios endógenos comunitarios” o “monopsonios comunales productivos”, los cuales bien pueden servir de modelo para la comuna socialista del siglo XXI.

Pero antes de entrar a explicar esa propuesta, voy a plantear el siguiente ejemplo de cómo el capitalismo depende del mercado, mucho más que de la fuerza de trabajo. Supóngase que Ud. vive en una comunidad de, digamos, 20.000 habitantes. En esa comunidad hay un supermercado cuyos dueños viven en Portugal. Esos 20.000 habitantes compran en ese supermercado capitalista por diferentes razones, algunas aparentemente racionales (como los precios competitivos de las mercancías) y otras francamente irracionales (como la seducción de la moda o el efecto de la publicidad o, incluso, el “caché” que da el comprar en ese supermercado). El margen de comercialización, es decir, el excedente que pagan los consumidores por sobre el costo de producción de las mercancías, va a parar a manos de los dueños del supermercado, los cuales ni siquiera viven en esa comunidad. Todo ese dinero, que puede ser, por ejemplo, del 10% de los ingresos brutos mensuales de esos 20.000 consumidores, es un costo para la comunidad, pues no le retorna beneficio alguno, ni en el presente ni a futuro.

Los dueños del supermercado, que obtienen de esa comunidad –suponiendo salario mínimo promedio- algo así como Bs. 800 x 10% x 20.000 = 1.600.000 bolívares mensuales, resulta que han contratado una plantilla de trabajadores, la cual ni siquiera está totalmente integrada por miembros de esa comunidad, sino que bien podría distribuirse en algo así como un 60% de trabajadores de comunidades circunvecinas y más alejados aún, y un 40% de trabajadores (usualmente los de menor remuneración) de la comunidad donde se encuentra ubicado el supermercado. Suponiendo que la plantilla es de 100 trabajadores, se tendría entonces el caso de 40 miembros de la comunidad que se benefician del supermercado al obtener un salario mínimo (al que habría que descontarle la cuota de ganancia de los dueños que también dejan en el supermercado al comprar allí las mercancías que necesitan para vivir); por lo tanto, el beneficio de la comunidad, por el lado de los trabajadores empleados por el supermercado, sería algo así como (Bs. 800 – 80) x 40 = 28.800 bolívares mensuales.

El supermercado no beneficia a la comunidad con las mercancías que le proporciona, porque la comunidad paga por ellas el costo; en tal sentido, el supermercado no le está regalando nada a la comunidad y, por lo tanto, las mercancías que le suministra no son más que el medio para que los dueños extraigan un beneficio particular de esa comunidad, y no al revés.

El resultado neto es que los dueños del supermercado dependen de esa comunidad, como mercado, en alrededor de Bs. 1,6 millones, y como fuerza de trabajo, en alrededor de Bs. 0,029 millones; por lo tanto, la comunidad es para el capitalista principalísimamente un mercado y no una fuente de fuerza de trabajo. Los habitantes de esa comunidad, los seres humanos que allí viven, solamente le interesan al capital por su rol como consumidores… ya casi ni siquiera como trabajadores.

Más patético aún es el caso de comunidades cuyos habitantes prefieren comprar en un supermercado que está localizado fuera de su localidad, incluso tan lejos como puede ser de una ciudad o suburbio a otra, dado que entonces ni siquiera hay ningún miembro de la comunidad que trabaje allí y además hay que incluir a los precios de las mercancías, los mayores costos de transporte (de los que se beneficia entonces al capitalista que controle el transporte en esa zona, o al que vende autos, al que los repara y al que vende el combustible para que esos autos se muevan).

Es evidente que si esas 20.000 personas se organizaran, podrían optar por conformar una cooperativa de consumo –prevista tanto en la vigente Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, como en la Ley Especial de Asociaciones Cooperativas- es decir, una suerte de economato creado por la propia comunidad para sustituir al supermercado y ahorrarse así sus miembros el margen de ganancia de este último. Esto redituaría en ahorros individuales una cantidad equivalente a 1,6 millones de bolívares mensuales en esa comunidad (suponiendo que en el costo de las mercancías que cobra el supermercado están incluidos también sus costos totales de operación). Más aún, la cooperativa de consumo puede mantener el mismo margen de ganancia, destinando entonces esos 1,6 millones de bolívares mensuales a obras comunitarias o cualesquiera otros fines beneficiosos para todos los asociados, es decir, para todos los miembros de la comunidad.

Tomar una decisión racional como la anterior equivaldría, ipso facto, a un aumento en los ingresos mensuales de todos los miembros de la comunidad correspondiente al 10% del ingreso promedio mensual actual, que es justamente la cifra que cada mes se le regala a los dueños del supermercado. Mientras más actividades asuma la comunidad en sus propias manos, tanto mayor será este sencillo, pero contundente, efecto económico.

El efecto neto que se obtiene al constituir una cooperativa de consumo es una concentración de la demanda, una suerte de monopolio de consumo, donde todos los asociados se comprometen contractualmente a consumir los bienes que la cooperativa de consumo ponga a su disposición y no adquirirlos de otros proveedores. Técnicamente, ese tipo de monopolios de consumo se denominan monopsonios. Si a éstos (consumo comunitario concertado) se añade la producción comunitaria concertada de bienes (en la forma de empresas de propiedad/producción social), se estaría en presencia de una auténtica autogestión comunal productiva, conformada por el consumo cautivo comunitario voluntario, así como por el autoempleo comunitario, es decir, por la generación de puestos de trabajo de forma endógena. Unos pocos, pero emblemáticos, ejemplos de las actividades que puede asumir una comunidad en sus propias manos, tanto desde el punto de vista de la oferta (producción endógena) como de la demanda (monopsonio, mercado cautivo), son los siguientes:

- La cooperativa de consumo comunitaria (el economato comunal).

- Un ateneo/club comunitario (el complejo cultural comunal).

- La cooperativa de ahorro/crédito comunitaria (el banco comunal).

- La aseguradora comunitaria (gestión de cartera de valores).

- Un servicio de transporte comunitario (la línea comunal).

- La producción comunal de alimentos (la granja comunal).

- La agroindustria comunal (preferiblemente artesanal).

- El servicio de educación comunitario (la escuela comunal).

En lugar de gastar su dinero a favor de capitalistas extraños, la comunidad se lo gasta en sí misma, de manera autocontenida, obteniendo así un retorno considerable de beneficios, y una reinversión constante en su propia economía endógena.

La comunidad puede formar de su seno todos los recursos humanos que necesita para la realización de sus diferentes actividades productivas endógenas, a través de la autogestión educativa con cupos planificados.

Mientras mayor sea el número de miembros de la comunidad, pueden lograrse economías de escala que hagan su producción incluso más competitiva que la ofertada por los capitalistas foráneos.

Hasta ahora se viene manejando el desarrollo endógeno, básicamente, como un proceso donde un grupo humano se pone de acuerdo para producir. Yo planteo que es indispensable, incluso mucho más importante, que se pongan de acuerdo para consumir. La sola planificación concertada de la producción no basta, se requiere además la planificación concertada del consumo. Es garantizarle a la producción endógena el mercado que necesita para ser autosustentable en el tiempo (no dependiente del paternalismo estatal). Para ello se requieren las comunidades monopsónicas productivas, que me recuerdan a las “comunas” de las que hablaba el finado Ing. Douglas King, o los más recientes “espacios convivenciales de la libertad”, que plantea el Comandante Douglas Bravo, y las innovadoras “comunas” propuestas por el Presidente Hugo Chávez Frías en el Taller Ideológico Práctico celebrado con gobernadores y alcaldes el 6 de diciembre de 2008, donde plantea que es preciso concertar la propiedad, la producción, la distribución y el consumo.

Este concepto aplica no solamente a comunidades, sino también a agrupaciones ad hoc de personas en formas asociativas de diverso tipo, principalmente bajo la figura de cooperativas y organizaciones sin fines de lucro.

La amenaza para el éxito económico del Socialismo del Siglo XXI está, por una parte, en cómo garantizar la supervivencia de sus diferentes formas de producción (cooperativas, empresas de producción social, empresas comunales, etc.) en un entorno de mercado competitivo y, por otra parte, hacerlo evitando el paternalismo estatal, el cual no es sustentable a largo plazo. La respuesta, para Haiman El Troudi, entonces Asesor de la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela -en entrevista concedida a la Revista Cooperativas en marzo de 2007- es adoptar una gama de medidas proteccionistas (subsidios directos, financiamientos blandos, deducciones impositivas, etc.), conjuntamente con la creación de conciencia de parte de los consumidores (“compre venezolano”), el ejercicio de presión de parte de los trabajadores y el boicot de consumo (opinión pública consciente).

En mi opinión, mediante la propiedad social-comunitaria y la producción sin fines de lucro –concepto éste que entraña el logro de competitividad a expensas de la tasa de ganancia y no de la remuneración al factor trabajo - las estructuras de producción socialistas podrían romper con la lógica de la acumulación capitalista y sus relaciones de producción consecuentes; no obstante, todavía quedaría el problema de romper con la “dictadura del mercado”. Las propuestas sugeridas por Haiman El Troudi resultan interesantes a este respecto, pero sin duda no son suficientes, incluso siquiera convenientes, dado que entrañan una insustentabilidad a largo plazo de las estructuras de producción socialistas, las cuales no pueden sobrevivir permanentemente a expensas del paternalismo estatal, ni tampoco confiar en la fidelidad a ultranza de los consumidores inmersos en la lógica del mercado capitalista.

Una posible salida a esta situación podría ser plantear que el colectivo social-comunitario (o sea, una comunidad) no solamente sea el propietario de la estructura de producción socialista (llámese empresa de producción social, empresa comunal, o como sea) necesaria para satisfacer sus necesidades, sino que además dicho colectivo se constituya simultáneamente en el “mercado cautivo” de esas organizaciones productivas (lo que en términos económicos equivaldría a un subsidio por el lado de la demanda, pero sustentable en el tiempo). Cuando los consumidores se ponen de acuerdo y actúan bajo directrices consensuadas, se está en presencia, como ya se dijo, de un monopsonio, vale decir, un monopolio de la demanda. Así, la comunidad, mediante sus propias empresas socialistas, se autoabastecería. Ningún miembro de la comunidad, en su triple carácter de vecino, propietario empresarial comunitario y consumidor comunal, compraría a ningún otro proveedor del mercado los bienes y servicios prestados por las empresas socialistas de su comunidad. Esto no quiere decir que la comunidad va a producir por sí sola la totalidad de los bienes y servicios que necesita, pero sí evidencia que en la medida en que la comunidad produzca la mayor cantidad posible de sus propios bienes y servicios, lograrán sus miembros ahorros cada vez mayores y, por lo tanto, una mayor riqueza individual y colectiva, así como una mayor independencia del mercado. El problema al que se enfrentan las actuales empresas de producción social en Venezuela es que deben competir en el mercado con empresas capitalistas. Esto es así porque su producción está orientada al mercado en general. Si dicha producción se orientase solamente a una comunidad o grupo de comunidades, justamente aquellas que están llamadas a detentar su propiedad, entonces los productos de la empresa de propiedad/producción social ya no tendrían necesidad de competir salvajemente en el mercado capitalista de las marcas, sino destinarse a satisfacer la demanda cautiva existente en la propia comunidad.

La solución antedicha permitiría, en mi opinión, solventar el principal problema que tornó inviable a la autogestión yugoslava. Como lo expresa Lebowitz (2006) en su obra: ”Construyámoslo Ahora: El Socialismo del Siglo XXI”, Yugoslavia “…demostró que el interés personal dentro de una empresa dada no es suficiente. Demostró que la solidaridad dentro de una empresa puede no significar solidaridad con la sociedad y que la incapacidad de resolver problemas en esa relación puede poner límites reales al desarrollo de la gestión de los trabajadores. El interés personal dominaba hasta las relaciones que se intentaron crear entre los trabajadores de distintas empresas, entre trabajadores de varios sectores, entre productores y comunidades. Lo que hacía falta era la solidaridad dentro de la sociedad entera” (p. 81).

A la luz de lo discutido, las empresas socialistas, concebidas por mí como monopsonios comunales productivos, deberían ser una forma de organización productiva que se distinga de otras por las siguientes características fundamentales: (a) ser de propiedad social-comunitaria, (b) producir sin fines de lucro (sin tasa de ganancia), (c) contar con un mercado cautivo comunitario (monopsonio comunal), (d) funcionar bajo formas participativas y protagónicas de organización del trabajo, y (e) dirigir cualquier excedente de operación hacia la inversión social-comunitaria. La conjunción de todos esos atributos define un ente dedicado a la producción de bienes y/o la prestación de servicios, cuya propiedad es de la comunidad, cuyos trabajadores son miembros de la comunidad y cuyo mercado de colocación de la producción es la propia comunidad. Estas unidades de producción socialistas se caracterizan así por conjuntar en un único proceso social la producción, la distribución, el consumo y el poder comunal. En otra ocasión he atribuido estos rasgos a las llamadas Empresas de Producción Social (EPS), pero considero que el concepto es más amplio, por lo cual prefiero denominarlo ahora Monopsonio Comunal Productivo. Si este modelo se utiliza para un conjunto amplio de bienes y servicios de una comunidad, entonces estaríamos en presencia de una interesante aproximación a lo que puede ser la comuna socialista del siglo XXI.

El principio fundamental de la tesis aquí planteada es, simplemente, la vieja máxima de que “en la unión está la fuerza”; pero una unión que vaya más allá de la mera producción, para abarcar el consumo y, por ende, toda la lógica de la economía de intercambio. Bajo este enfoque, no sólo la economía de explotación es el mal a atacar, sino además –y más importante incluso- la economía de intercambio.

Una forma concreta para irnos aproximando a la utopía colectivista auténtica, es precisamente el monopsonio comunal productivo que, sin llegar a romper por completo con las relaciones de intercambio capitalistas, pues sigue imperando la compra-venta como modo de distribución y consumo de la comunidad, rompe sin embargo con la dependencia del mercado de consumo externo a la comunidad –lo que garantiza demanda cautiva y consecuente viabilidad económica a las empresas comunitarias- al igual que lo hace con la dependencia del mercado de bienes y servicios externo a la comunidad –lo que garantiza autosuficiencia de la comunidad en el abastecimiento de las mercancías que necesita para vivir.

De lo que se trata es de crear una suerte de corporación social o comunal, que opere simultáneamente como cooperativa de ahorro y crédito, cooperativa de consumo y cooperativa mixta (de producción y servicios). En lugar de entregar nuestro dinero a capitalistas extraños, lo destinamos a nosotros mismos, el cual nos retorna en la forma de beneficios colectivos. Con mecanismos ingeniosos de demanda cautiva prepago, es posible garantizar el funcionamiento de esta idea.

Ahora bien, si a la lógica de no seguir regalando el dinero de la comunidad a capitalistas externos se suma la lógica del compartir, en lugar de repartir, los bienes y servicios que se necesita consumir, entonces es posible que la comunidad dé un salto cualitativo hacia un sistema de vida más alejado del capitalismo y mucho más cercano a la utopía social.

Con la lógica del compartir, en lugar de repartir, los miembros de la comunidad optimizan el consumo de recursos escasos y, por ende, maximizan la redistribución equitativa de la riqueza entre todos. La comunidad o comuna puede así plantearse la conformación de dos instituciones fundamentales de su nuevo modelo de relaciones socio-económicas: el economato comunal y el depósito de bienes comunales. En el primero, los miembros de la comunidad adquieren todos los bienes que se usan con frecuencia, no se subutilizan o son intrínsecamente de uso personal, como por ejemplo: alimentos de todo tipo, vestido, calzado, artículos de higiene personal, productos de limpieza, artículos de tocador, papelería, mobiliario, horno de microondas, licuadora, batidora, cubiertos, vajilla, lencería, hamacas, colchones, prendas, estufas, entre otros muchos. Por el contrario, en el depósito de bienes comunales, los miembros de la comunidad toman en calidad de uso, y luego devuelven, todos aquellos bienes que no se usan con frecuencia, se subutilizan demasiado o no son intrínsecamente de uso personal, como por ejemplo: herramientas de todo tipo, maquinarias de todo tipo, automóviles, lavadoras, secadoras, aspiradoras, biblioteca, acceso a Internet, computadoras, equipos de sonido, televisores, discman, bicicletas, patinetas, balones, bates, guantes deportivos, ollas de presión, hornos, paelleras, apartamento en la playa (de uso compartido mediante sistema tipo resort), entre otros muchos. Opera en esto la misma lógica que hace que los miembros de un condominio compartan el uso de una piscina o una cancha deportiva, por la sencilla razón de que es absurdo que cada vecino tenga una piscina propia o una cancha deportiva en la sala de su casa. En tal sentido, de la misma manera puede plantearse instalaciones comunales como un sistema central de calefacción de agua, o de suministro de energía hidroeléctrica local, o un sistema central de aire acondicionado para el caso de edificios de apartamentos, entre otras.

La optimización de este sistema estriba en que en lugar de que cada miembro de la comunidad, por ejemplo, compre un taladro; deciden comprar sólo una cantidad reducida de taladros y colocarlos en el depósito de bienes comunales, donde todo el que necesite un taladro va, lo toma, lo usa y lo devuelve, exactamente de la misma manera como funciona una biblioteca pública en relación con los libros. Si la comunidad está conformada por 100 familias, por ejemplo, entonces en lugar de comprar 100 taladros, lo que se hace es comprar sólo 10 y compartir su uso entre todos. Esto optimiza el aprovechamiento de la vida útil de los bienes (en este caso de los taladros). De esta manera, se logra liberar el 90% del gasto en adquisición de taladros de esas 100 familias, las cuales ahora cuentan con una mayor riqueza gracias al ahorro que logran al vivir como parte de una comuna donde operan estas nuevas relaciones socio-económicas.

A través del monopsonio comunal y la producción artesanal en pequeña escala (“hecho a mano”), se puede así mismo ir progresivamente liberando a la comunidad de la dictadura del mercado y la irracionalidad de la constante innovación tecnológica.

La demanda cautiva planificada comunalmente, concepto muy distinto y mucho más viable que la planificación centralizada estatal, garantiza la rentabilidad de la unidad de producción en pequeña escala, sobre todo si la misma opera bajo relaciones de producción donde la competitividad se logra a expensas de la tasa de ganancia y no a expensas del factor trabajo, sumándole además la excelencia artesanal como norma de conducta de la unidad productiva comunal, incorporando poderosos conceptos de gestión organizacional, como el espíritu de cuerpo, calidad total, empoderamiento, equipos autodirigidos y el sentido de pertenencia.

El Estado puede instalar el capital necesario inicial. De allí en adelante, el excedente calculado se destina a la reposición y mantenimiento del capital productivo (activos de la unidad de producción comunal). Los trabajadores se fijan un sueldo digno y renuncian a todo excedente.

El abastecimiento de materias primas puede provenir de fuentes comunales, intercomunales, locales, regionales, nacionales e internacionales. En el caso de fuentes de materia prima situadas a un nivel superior a la propia comunidad, como sería por ejemplo una gran planta procesadora de algodón, éstas también tienen la rentabilidad asegurada bajo este modelo de economía comunal planificada, gracias a la demanda cautiva planificada desde abajo (comunidades, federaciones de comunidades, confederaciones de comunidades, etc.).

La diversidad de marcas puede continuar en este modelo socio-económico, pero ahora serían “marcas comunales”, las cuales serían distribuidas en los economatos intercomunales. Las comunas pueden llegar a especializarse, por ejemplo, la comuna del vino, la comuna del cuero, la comuna del bronce, etc. Esto optimizaría aún más la producción, donde cada comuna se dedica principalmente a aquello para lo que posee mejores fortalezas (clima, recursos humanos, cercanía a materias primas, etc.). Puede darse también competencia entre comunas, pero de una manera sana para el sistema (por ejemplo: la mejor ropa es la de la comuna X, estimulando y enseñando a las demás a alcanzar sus mismos estándares de calidad).

En este modelo las multinacionales no tienen mercado. Los consumidores les dan un golpe de estado desde abajo. La dialéctica de lo minúsculo versus lo gigante, plasmada en la metáfora bíblica de David y Goliat, aplica perfectamente al modelo de economía comunal planificada, donde la actuación consciente de millones de pequeños grupos societales puede destruir el gigantesco sistema de mercado contemporáneo, y a su principal actor: las compañías multinacionales. Nada hay más efectivo contra lo enorme, que lo minúsculo. Ejemplos de esto son muy claros en el caso de los insectos y los virus contra los animales superiores.

Se nos ha hecho creer que una comunidad no puede optar por producir directamente todo lo que necesita consumir, porque eso “no es práctico” o “es inviable”. Pero, ¿Acaso es más práctico o viable que toda una ciudad pierda de cuatro a seis horas diarias de su vida en embotellamientos de tráfico? ¿Es más racional o “práctico” tener que desplazarse grandes distancias todos los días para ir a hacer un trabajo muchas veces absurdo y poco productivo, alienado, rutinizado, embrutecedor? ¿Eso se hace para producir más y mejor? ¿O será que se hace simplemente para mantener ocupada a la gente y que tengan los medios necesarios para ser lo que realmente el sistema necesita que sean: consumidores?

Al capital le conviene que la gente no se conozca ni interactúe entre sí, porque así permanecen en condición de víctimas frente al sistema, siendo imposible que se aúnen voluntades para lograr autonomía e independencia, como sería el caso, por ejemplo, en que un grupo de vecinos se pongan de acuerdo para retirar sus ahorros de la banca comercial y colocarlos en una cooperativa de ahorro y crédito conformada por ellos mismos. La cura está en nosotros mismos, unirnos en pequeños grupos sociales (comunas) y comenzar a actuar autónomamente frente al sistema, saltarnos el mercado y su lógica, así como las relaciones obrero-patronales de producción.

Se trata de una nueva forma de vida, de un sistema de vida centrado en la comunidad, centrado en nosotros mismos, en la unión común, en la confraternidad, en el redescubrimiento de nuestros vecinos, de la noción de hermandad. Una vida que, por ello mismo, requiere adoptar nuevas formas de pensar y contemplar el mundo y la sociedad, sin temores ni complejos, con mucho optimismo y alegría. Para ello se requiere, no obstante, de un cambio de patrones culturales muy arraigados, lo cual es tema de análisis para otra oportunidad.



[1] Este ensayo forma parte de la obra inédita del autor que lleva por título: “El Colectivismo Auténtico y Otros Ensayos Críticos”.

jueves, 2 de febrero de 2012

La lucha de clases y la nueva Ley Orgánica del Trabajo.

La sociedad capitalista se encuentra divida en clases sociales que tienen intereses y necesidades antagónicas, que se evidencian en términos materiales porque mantienen una posición distinta en el proceso productivo, motivado por la propiedad privada de los medios de producción (empresas, fabricas, comercios, tierra y bancos); además, las asimetrías se expresan en las relaciones sociales que se establecen en la producción y organización de la economía.[i] Entonces, en términos particulares, podemos observar las diferencias antagónicas de las clases sociales cuando los sectores dominantes (burgueses y terratenientes) son propietarios de los medios de producción, mientras los trabajadores solo poseen su fuerza de trabajo que le alquilan a los mencionados anteriormente por un salario que se constituye en la forma que obtienen sus ingresos; en cambio la burguesía al controlar los medios de producción se apropia de lo producido por los trabajadores en forma de ganancia y, por último, los burgueses deciden en los centros de trabajo mientras el pueblo trabajador acata las decisiones.


Los antagonismos y las contradicciones existentes entre las clases dominantes y el pueblo trabajador expresadas en el párrafo anterior son invisibilizadas, naturalizadas y sacralizadas por la ideología dominante, que intenta convertir sus intereses particulares en las necesidades de toda la sociedad, a través de la divulgación de sus principios, valores e ideas. En este sentido, para lograr el referido objetivo, emplean los distintos aparatos ideológicos y medios de difusión que controlan mediante la sociedad civil[ii] o el Estado[iii]: instituciones educativas, iglesia, ejército, editoriales, actividades de cohesión social en las empresas, televisión, radio, prensa escrita, internet, cine, entre otros. La idea central de la ideología burguesa plantea que la sociedad actual se organiza de forma “armónica”; por lo tanto, los distintos sectores sociales (empresarios, profesionales, obreros, productores agrarios, estudiantes, clero y políticos) deben desarrollar individualmente sus distintos roles para lograr los objetivos comunes que supuestamente beneficiaran a todos: El progreso, la creación de empleos, la generación de riqueza, el mantenimiento del orden, el ascenso social individual, entre otros. Así, su discurso tiene como horizonte hacernos pensar y creer que las marcadas divisiones políticas y los conflictos sociales en la sociedad capitalista son creados por agentes externos a la lógica “armónica” de la sociedad, que no desean el orden y la paz social.


Sin embargo, la hegemonía cultural e ideológica de las clases dominantes que intenta naturalizar y sacralizar al capitalismo, planteando la supuesta armonía social, no puede esconder en momentos de recrudecimiento de las contradicciones sociales los combates entre las clases que tienen intereses totalmente antagónicos: burgueses y trabajadores. En este sentido, la lucha de clases que acontece de forma cotidiana se revela con mucha claridad en coyunturas políticas concretas, tales como: El debate nacional alrededor de las transformaciones estructurales a la Ley Orgánica del Trabajo (LOT), que realizará el Presidente de la República Hugo Chávez, mediante la utilización de sus poderes habilitantes y esperemos que desarrollando las propuestas emanadas de los encuentros y las asambleas de trabajadores y trabajadoras del país.


De esta manera, en lo referente al carácter de la nueva Ley Orgánica del Trabajo algunos voceros de la derecha como el sindicalista patronal Froilán Barrios sostienen que el mencionado instrumento jurídico que decretará el Presidente Hugo Chávez, esta totalmente ideologizado y politizado[iv]; buscando deslegitimar la necesarias transformaciones a la ley que regulan las relaciones laborales en el país. Argumento reaccionario que intenta desconocer la relación orgánica entre las leyes y los intereses de las clases dominantes[v]. Por lo tanto, mientras la actual y vigente LOT ¾aprobada en 1997 en el marco del gobierno neoliberal de Rafael Caldera y Teodoro Petkoff¾ expresa en su articulado claramente las necesidades de la burguesía; nosotros consideramos que los cambios estructurales a la LOT con la finalidad de crear las mejores condiciones para la construcción del socialismo, deben lograr una normativa jurídica que mantenga un carácter de clase y desarrolle con amplitud los derechos reivindicativos y políticos de la clase trabajadora.


Igualmente, en lo vinculado con el tema económico-reivindicativo de la LOT, la burguesía tradicional a partir de la vocería de su organización gremial FEDECAMARAS; plantea que la recuperación del cálculo retroactivo de las prestaciones sociales y la reducción de la jornada laboral, incrementaran los “costos” laborales y generaran la perdida de empleos y el cierre de empresas[vi]. Entonces, la burguesía considera que el incremento de los derechos de la clase trabajadora aumentaría los “costos” laborales de sus empresas, situación que reduce sus ganancias algo que van a defender intimidando a las grandes mayorías sociales con la supuesta perdida de empleos y cierre de empresas. El discurso reaccionario de FEDECAMARAS, demuestra como los beneficios económicos obtenidos por la clase trabajadora son directamente proporcionales a la reducción de las ganancias de los burgueses; por lo tanto, los avances que seguiremos conquistando mediante nuestra lucha por una LOT popular y obrerista serán combatidos por la burguesía.


Asimismo, en lo concerniente a los derechos políticos de los trabajadores en la nueva LOT, la derecha intenta engañar al pueblo trabajador argumentando que los Consejos de Trabajadores y Trabajadoras vienen a remplazar a los sindicatos[vii]; planteamiento que busca deslegitimar la organización y movilización de la clase trabajadora para participar y planificar las actividades en los centros de trabajo públicos y privados. Nosotros debemos continuar afirmando que la nueva Ley Orgánica del Trabajo deberá incluir a los sindicatos como órgano para la defensa de los derechos reivindicativos y a los Consejos de Trabajadores y Trabajadoras como herramienta orgánica que permitirá a la clase lograr la emancipación mediante el control democrático y popular de las fabricas, empresas, instituciones del Estado, comercios, bancos, entre otros medios de producción.


Los argumentos y contra-argumentos de la burguesía alrededor de la LOT evidencian su carácter reaccionario y la lucha de clases que se desarrolla con bastante claridad en el país. La derecha busca impedir las transformaciones a la referida normativa jurídica que necesitamos los trabajadores y trabajadoras para incrementar nuestros beneficios laborales y, mucho más importante, lograr el control obrero y popular de la economía; sin embargo, con conciencia, organización y movilización la clase y sus destacamentos de cuadros organizados como el Partido Comunista de Venezuela y su Juventud continuaremos divulgando y luchando por una Ley Orgánica del Trabajo de los trabajadores y para los trabajadores.

Omar Vázquez Heredia.



[i] DOS SANTOS, Theotonio. (1973). Concepto de Clases Sociales. Editorial Galerna. Buenos Aires-Argentina. P.53.

[ii] BIGNAMI, Ariel. (2010). GRAMSCI: Pensamiento, conciencia y revolución. Ediciones Luxemburg. Buenos Aires-Argentina. P. 69.

[iii] ALTHUSSER. Louis. (1984). Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Nueva Visión. Buenos Aires-Argentina. P. 28-29.

[iv] Artículo recuperado el 1 de febrero de 2012 en http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=64810

[v] M MARX, Carlos y ENGELS, Federico. (2000). El Manifiesto Comunista. Editorial El Tambor de Amalivaca. Caracas-Venezuela. P. 77.

lunes, 30 de enero de 2012

Gobernar Obedeciendo

El vicepresidente de Bolivia defiende la palabra "comunismo"
"Gobernar obedeciendo es afirmar cada día que el soberano no es el Estado"



Gobernar obedeciendo es afirmar cada día que el soberano no es el Estado, que el soberano es el pueblo, que no se manifiesta cada cinco años con el voto, sino que se manifiesta, habla, propone cada día necesidades, expectativas y requerimientos colectivos.

Lo que se le pide al gobernante es sintetizar y unir, porque pueden haber voces discordantes dentro del pueblo. El pueblo no es una cosa homogénea, ¡no señores!, hay clases sociales, hay identidades, hay regiones. El pueblo es muy diverso.

El trabajo del gobernante no es sustituir al pueblo, es armonizar las voces del pueblo, sintetizar en un sólo sentido sus inquietudes. Pero eso no significa que el gobernante sustituya al pueblo.

Gobernar obedeciendo es eso: el soberano es el pueblo y el gobernante es simplemente un unificador de ideas, un articulador de necesidades, y nada más.

Ese es el principio comunitario, pero también socialista y comunista en el sentido fuerte del término de común-unidad. Esa palabra me gusta, no es muy reconocida, pero a los viejos marxistas como Marta y yo nos encanta esa palabra comunismo, que se ha atribuido al diablo.

Comunismo viene de comunidad, de riqueza común, de decisiones comunes, de vida compartida, de bienestar compartido, eso es comunismo.

Gobernar-obedeciendo, poder compartido, no poder concentrado.

Es una frase hermosísima que atraviesa como flecha la sociedad contemporánea, apunta al socialismo, pero tiene más: horizonte común, vida común, riqueza común, felicidad común, democracia compartida, decisiones compartidas, tristezas compartidas, alegrías compartidas, comunismo, ¡eso es!

- Nota: Estas son las palabras finales pronunciadas por el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, en Conferencia de Prensa el 28 de noviembre del 2011 en Maracaibo, Venezuela, en el marco del VI Foro Internacional de Filosofía (Transcripción de Marta Harnecker).

domingo, 29 de enero de 2012

A PROPOSITO DE OTRAS ECONOMIAS EXISTENTES

Monedas locales y ecológicas para la soberanía monetaria

Revista 'Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas'


Históricamente los movimientos progresistas y ecologistas han dejado bastante de lado el estudio y la redefinición de lo que es el dinero. Se entendía que éste formaba parte de un ámbito alejado de las inquietudes sociales y humanistas; un terreno innecesario para construir utopías y mundos mejores, en los que probablemente el dinero no existiría.
Esto ha dejado prácticamente intocado y en manos de las fuerzas conservadoras la comprensión de esta partícula fundamental con la que organizamos nuestras sociedades. Ha impedido, más allá de unos pocos experimentos puntuales, desarrollar propuestas sólidas que puedan constituir alternativas viables a la moneda eco-ilógica y antisocial. Desde la contracultura ecologista y la economía alternativa se han abordado muchos terrenos como las finanzas éticas, el comercio justo, la agroecología o las cooperativas de consumo, pero la mayoría funcionan íntegramente con moneda oficial, ya que no se percibe una diferencia real entre ésta y otros sistemas monetarios alternativos.
Sin embargo recientemente han surgido en todo el mundo nuevas monedas emitidas a escala local por las comunidades, con un fuerte carácter solidario y cooperativo, y han mostrado que de este modo se consiguen generar muchos efectos positivos, algunos de los cuales están directamente vinculados con la soberanía alimentaria. Las monedas sociales, también llamadas locales, complementarias o alternativas han cobrado fuerza e interés en los últimos años, especialmente tras el inicio de la crisis, y están construyendo propuestas replicables de distribución alimentaria bioregional de carácter solidario y ecológico.

¿SOBERANÍA ALIMENTARIA EN EUROS?

Del mismo modo que no podemos tener soberanía alimentaria cuando unas pocas empresas dominan de forma oligopólica el mercado alimentario, tampoco podemos tener completa soberanía como ciudadanos cuando unas pocas empresas, en este caso grandes bancos privados (algunos disfrazados de públicos bajo las siglas de centrales o reserva federal) son los únicos que nos emiten las unidades con las que medimos nuestras actividades económicas.

¿Qué es una moneda?

La venta de dinero que hoy hacen los grandes bancos a gobiernos y ciudadanía, es como si unas pocas empresas nos vendieran los centímetros con los que medir las distancias. Una herramienta de medida para facilitar los intercambios, que existe desde hace milenios, se ha convertido desde hace pocos siglos en una nueva mercancía, que puede ser comprada y vendida, lo que supone un gran negocio y a la vez el fin de aquello por lo que fue creado inicialmente el dinero. Quienes detentan el control de la creación de dinero tienen un poder, como reconoció un Rotschild en 1880, muy superior al del mayor Imperio.

Este dinero se vende con intereses, lo que en realidad es un modo encubierto de opresión de las élites sobre el resto de la sociedad, pues siempre los más ricos tendrán en los bancos, dinero para prestar, y siempre las gentes más pobres deberemos pagar por acceder a él. Por tanto, si no ejercemos un control democrático y social de esta herramienta tan fundamental en nuestras sociedades, éstas tendrán una dudosa calidad democrática, y se ejercerá una opresión y una forma de neo-esclavismo sutil y casi invisible sobre las mayorías sociales. Y eso es lo que vemos hoy con nitidez en todo el planeta. La actual crisis y su resolución demuestran que, efectivamente, unas pocas corporaciones y firmas financieras disponen de un control sobre nuestras sociedades y gobiernos prácticamente ilimitado.

La ignorancia acerca de algo tan central y de uso cotidiano como es el dinero, que no sólo nos ocurre a los ciudadanía de a pie sino también a muchas y muchos economistas, se debe en buena medida al hecho de que las mismas fundaciones y centros de investigación que apoyan determinados estudios en fertilizantes, semillas transgénicas o usos del petróleo, pero bloquean otras investigaciones en energías renovables, también se han ocupado de que los centros de estudio de economía desconozcan la naturaleza del dinero. Y que autores como Silvio Gessel, de quien Keynes dijo que la humanidad aprendería más que de Marx, y que se dedicó a esto, con su obra central cuyo título es ‘El orden económico natural’ sean completos desconocidos en las facultades de economía.

Gessel ya apuntaba hacia 1920 que el dinero con intereses positivos que hoy conocemos, es anti natural, ya que se distingue de todo lo demás en la Tierra, que o bien pierde valor con el tiempo o bien su almacenamiento implica un coste. Apuntó que, de seguir igual, toda nuestra economía acabaría siendo financiera, y no real, como ocurre hoy. En lugar de eso, para lograr tener una economía sana y por tanto con un dinero que circulara con más velocidad Gessel propuso los intereses invertidos o la moneda oxidable, que en lugar de ganar valor con el tiempo, lo perdía. Muchas monedas sociales siguen hoy ese principio, y ya en los años 20 un pequeño pueblo de Austria lo hizo, con tanto éxito y generación de empleo y riqueza local, que el Banco Central de Austria, temeroso de que la experiencia se replicara y acabara con el gran negocio de la banca, forzó la prohibición del experimento.

¿Es necesaria una nueva moneda?

Así como las patentes determinan las diferencias entre las semillas circulando libremente o no entre el campesinado, en el campo monetario la principal diferencia entre las monedas corporativas que hoy usamos y las monedas sociales es que éstas no disponen de intereses; además se emiten desde la comunidad local, en cada nuevo intercambio, son tan abundantes como riqueza real hay en cada comunidad, y son una forma de medir la economía, no un bien en mismo con el que se pueda comerciar.

En lugar de seguir comprando a un lobby cartelístico de bancos privados los centímetros con los que medimos nuestra economía, los construimos nosotras y nosotros mismos en la región, para tener de este modo soberanía monetaria con la que acceder a la soberanía económica: los medios con los que se distribuye la riqueza y la producción local entre las y los habitantes locales.

Refuerzo de la soberanía alimentaria

Si todo ello es cierto a un nivel social amplio, lo es aún más en un nivel más próximo y vinculado a la agricultura y la distribución alimentaria. Las experiencias de las monedas sociales han mostrado que logran en muy poco tiempo generar efectos muy positivos, muchos de los cuales están directamente vinculados a la soberanía alimentaria. Permiten relocalizar la economía, proteger a las pequeñas explotaciones ecológicas y familiares, el comercio local de proximidad, evitar los alimentos quilométricos y construir una barrera sólida, pero a la vez pacífica y sencilla ante las grandes corporaciones. Ayudan también a generar lazos económicos y de confianza estables que regeneran los tejidos sociales. Son modelos por tanto, de soberanía económica, comercial y monetaria.

Estas experiencias se desarrollan en un determinado pueblo o región, con modelos locales propios, que pueden ser replicados en otras regiones de manera parecida, pero con diferencias en función de la idiosincrasia local de cada lugar. Así es como crecen, replicándose. Algunas de ellas, todavía con la incertidumbre que caracteriza las actividades del tercer sector y la economía social, donde muchas tareas son de carácter voluntario, ya se han consolidado como modelos viables de reorganización de los procesos económicos y sociales. Casi siempre trabajan sin ningún apoyo de las administraciones públicas, generando plataformas ciudadanas más sostenibles, ecológicas, socialmente justas y más alegres, construyendo nuevos espacios de socialización y recuperación de los tejidos sociales que ni el mercado ni las administraciones públicas han logrado articular.

Ayudan a crear, junto con otras propuestas de soberanía económica como las cooperativas de consumo o las AMAP’s [1], un mejor encaje sistémico entre los métodos de cultivo y los métodos de distribución ecológicos, convirtiéndose en nuevos mecanismos, que en lugar de ser de carácter industrial, son también ecológicos, de principio a fin del ciclo del producto. Es también una forma de revitalizar y redescubrir las riquezas de las comunidades locales, reduciendo el consumo de alimentos agroindustriales y redibujan el escenario de la distribución agroalimentaria desde nuevos modelos más ciudadanos y ecologistas de distribución.

Se configuran como una posible alternativa a la crisis estructural del campesinado en el campo, a la ausencia de soberanía alimentaria o en la preservación de variedades y usos bioregionales. Consiguen cerrar el ciclo de la opción ecológica, al pasar de la reivindicación a la acción comunitaria y autogestionada, volviendo a lo local, a la escala humana.

Distintas soberanías

Del mismo modo que los movimientos por la soberanía alimentaria tratan de reapropiarse de la decisiva capacidad de producir los alimentos en cada región para que ese poder no caiga en manos de intereses foráneos y sin inquietudes por la resolución de las necesidades locales, no menos importante es alcanzar otros tipos de soberanías en otros campos para construir verdaderas democracias como son la soberanía tecnológica (Free Software, Open Source Ecology), la soberanía en el trabajo (cooperativismo, colectivizaciones), en la distribución cultural (creative commons, copyleft, cultura libre), en la pedagogía (escuelas libres, educación en casa), en la energía (microgeneración, energías renovables y libres), etc, hasta alcanzar un tipo de soberanía aún más estratégica y central: la monetaria, que permite potenciar y unir estas propuestas desde su autonomía, en un nuevo mercado social hecho a escala humana; tal vez la única escala en la que podemos encontrar la libertad, la igualdad, la participación, y por tanto la democracia.

Ejemplos en el mundo

Encontramos en el mundo muchos tipos distintos de monedas; los LETS (Local Exchange Trade Systems), las Ithaca Hours en el estado de Nueva York; las monedas en formato papel en Sur América; los SEL (Systèmes d’Échanges Locales) en Francia; las Regio en Alemania o las monedas de las Transition Towns.

En Cataluña vemos un modelo muy interesante que combina lo que vendría ser una red de intercambio con una cooperativa de consumo. Las ECO REDES. Esta unión hace que sea un modelo muy completo, que logra resolver una necesidad a menudo no cubierta en las redes, como es la existencia de productos básicos de alimentación, y ofrece a la vez a las y los campesinos locales la posibilidad de contar con nuevos mercados locales y sociales en los que puede ganar no solo moneda social, sino también los euros que necesita para su explotación.

Las Eco Redes son modelos de economía solidaria, cooperativa y ecológica bioregional, que a la vez que se organizan de modo autónomo en cada región, mantienen lazos permanentes y relaciones sociales y económicas con las demás redes, en una especie de confederación de economías regionales basadas en la democracia directa o asamblearia.

Las Eco Redes consisten, en síntesis, en un nuevo modelo que lleva a cabo la unión de una red de intercambio con moneda social con una cooperativa de consumo. Todos y todas comenzamos con 0 ecos, y cualquier usuario puede ganar moneda social al ofrecer cualquier bien o servicio a otro usuario de la red. También se pueden comprar ecos a cambio de euros 1 a 1. Esto lo hacen sobretodo las y los consumidores de la red o visitantes en las ferias (familias e individuos que no quieren participar activamente como usuarios, sino que desean tan sólo consumir algún producto o servicio ofrecido por algún usuario). Al hacer este cambio de moneda ingresan en la red euros que se destinarán, como si se tratara de una cooperativa de consumo, a la compra de productos básicos de alimentación a productores cercanos que aceptan un 10 o un 20% en moneda social. Estos productos se traen a la siguiente feria de trueque, o bien, si se dispone de un local permanente, se dejan allí en lo que en Cataluña se llaman Centrales de Compras Colectivas o Eco Tiendas donde se distribuyen íntegramente en moneda social.

El principio de transición

Ha sido fundamental entender el principio de transición, del mundo en el que hoy vivimos hacia la utopía a la que queremos ir. Si las redes exigieran una aceptación del 100% en moneda social a las y los productores, éstos acabarían teniendo demasiada, lo que sería un problema y podría comprometer su economía, cuando lo que se pretende es ayudar. En cambio los porcentajes graduales de aceptación permiten que todos ganen. El campesinado logra ingresar euros para mantener su granja, logra establecer un vinculo seguro y permanente con un mercado próximo y amigo, logra algunos ecos o moneda social con los que abastecerse de algún servicio o producto de la red que le puede servir en su granja o en los gastos corrientes de su familia (una clase de idiomas para su hijo, p.ej.). Y la red logra disponer de productos básicos que hacen de este sistema, ya no solo una experiencia simbólica y festiva de encuentro vecinal sino el inicio de una alternativa completa al capitalismo industrial.

Vemos, pues, que las monedas sociales y ecológicas no son el único medio ni el más importante, pero sí parece que sin ellas será difícil lograr un cambio real.

Dídac Sanchez-Costa i Larraburu es Sociólogo, escritor y activista. Miembro de las Ecoredes, la Cooperativa Integral Catalana, el movimiento 15M y la Colonia Colectivizada de Ca la Fou

www.ecoseny.net, www.ecoxarxes.cat

www.cooperativaintegral.cat

www.ecolonia.cooperativaintegral.cat

http://cooperativa.ecoxarxes.cat

Facebook: Didac S.-Costa, Xarxa Ecoseny

didacscosta@gmail.com

Nota:

[1] de Association pour le Mantien de lAgriculture Paysanne (Teikei en el Japón o CSA -Community Supported Agriculture- en los EE.UU). En ellos, los consumidores toman un rol mucho más activo y solidario con el productor, con visitas y trabajo en las granjas y un pago por avanzado de la cosecha. La nítida frontera entre productores y consumidores se desdibuja, ya que éste se convierte en una especie de accionista de la granja, pudiendo tomar decisiones acerca del tipo de cultivo, productos, calidad o formas de pago.

Fuente: http://revistasoberaniaalimentaria.wordpress.com/2012/01/28/monedas-locales-y-ecologicas-para-la-soberania-monetaria-2/


RUMBO AL ESTADO COMUNAL

martes, 24 de enero de 2012

Marta Harnecker nos manda este aporte

Sobre las comunas, el territorio y la autosustetabilidad económica.

Extracto del libro “De los consejos comunales a las comunas. Construyendo el socialismo del siglo XXI”, Marta Harnecker, 1 abril 2009. Libro completo en http://www.rebelion.org/docs/97085.pdf

II. Definición de comuna

1. Territorio y población

269. La comuna es un territorio poblado en el que coexisten varias comunidades que comparten tradiciones histórico‑culturales, problemas, aspiraciones y vocación económica comunes, que usan los mismos servicios, que tiene condiciones de autosustentabilidad y autogobernabilidad y cuyas comunidades están dispuestas a articularse en un proyecto común construido en forma participativa y constantemente evaluado y readecuado a las nuevas circunstancias que se van creando.

1) Lo que no se puede hacer en este sentido

270. Los límites de este territorio, por lo tanto, no pueden fijarse considerando el número de población como suele hacerse en los distritos electorales. Tampoco pueden definirse porque existe una afinidad entre algunos dirigentes o mejores relaciones entre algunas comunidades en relación a otras y esas comunidades decidieron mancomunarse. Y menos puede definirse en forma arbitraria decretándolos desde arriba sin consultar con la población.

2) Criterios objetivos para definir sus límites

271. Los límites de una comuna deben definirse usando criterios objetivos como los señalados más arriba que aquí sintetizamos:

a) Tradiciones histórico‑culturales comunes.
b) Problemas y aspiraciones compartidas.
c) Uso de los mismos servicios.

272. Como escuelas, liceos, aldeas universitarias, centro de atención médica, instalaciones deportivas, centros culturales, mercados, cines, y otros.

d) Condiciones de autosustentabilidad.
e) Condiciones para avanzar hacia el auto gobierno.
f) Disposición de las comunidades a articularse en un proyecto común.

273. A continuación un pequeño desarrollo de algunos de estos puntos.

2. Autosustentabilidad económica con orientación socialista

274. La comuna debe llegar a ser autosustentable. Debe ir logrando disponer de fondos propios que la hagan depender cada vez menos de recursos externos y para ello en su territorio deberían realizarse actividades productivas o servicios que le permitan obtener una parte importante de los recursos para satisfacer sus propias necesidades y sufragar sus gastos.

1) Hacia un sistema comunal de producción, distribución y de consumo

275. Cada comuna debería encaminarse a la construcción de un sistema comunal de producción , distribución y de consumo con la participación de las comunidades, a través de las organizaciones comunitarias, cooperativas, empresas de propiedad social con orientación socialistas, procesos de intercambio no mercantil y muchas otras formas innovadoras que conduzcan a la creación de ese nuevo modelo productivo, como expresión del poder y control popular sobre la producción.

276. Lo lógico es que uno de los ejes estructurantes clave de la comuna sean las unidades de producción o servicios de propiedad comunal o estatal comunal.

277. Si se trata de una comuna rural podría combinarse la existencia de cooperativas agrarias para el cultivo de determinas frutas y hortalizas, la compra de estos productos para su procesamiento industrial por una empresa de propiedad social comunal y la distribución de los productos elaborados en ella en tiendas populares de orientación socialista de la comuna y fuera de ella.

278. Por otra parte, además del banco de la comuna, que señalamos más adelante, podrían existir otras iniciativas de financiamiento como las cajas rurales, las cooperativas de ahorro y préstamo; las cajas de ahorro.

2) Empresas de propiedad social comunal

279. Debería buscar instalarse en cada comuna empresas de propiedad comunal que empleen mano de obra de ese territorio y produzcan bienes y servicios para disfrute o uso comunal: panadería, mercado, empresa de transporte comunal, empresa que regule la distribución del agua y su cobro, una planta de llenado de bombonas de gas licuado, una estación de servicios entre otras. Para determinar estas actividades será muy importante realizar un proceso de planificación participativa que lleve a formular el Plan de Desarrollo de la Comuna según las características, necesidades e intereses de las comunidades, para crear bienes y servicios mediante un sistema de articulación entre las actividades del sector primario, la transformación de estas u otras materias primas y la comercialización de la producción a fin de generar excedentes

3) Apoyo central durante despegue de actividades productivas

280. Las iniciativas generadoras de empleo deberían ser apoyadas centralmente durante su etapa de despegue hasta que lleguen a ser auto sustentables financieramente.

3. Gobierno comunal

281. Por otra parte, se debe ir avanzando hacia el establecimiento del auto gobierno comunal. El municipio debe ir transfiriendo a las comunas una parte importante de las funciones de gobierno y de manejo de los asuntos públicos que anteriormente eran sus funciones.[1] La alcaldía debe conservar en sus manos sólo aquellas funciones que por su carácter más general o más complejo justifican esa decisión.

282. La comuna debe asegurar las condiciones materiales y espirituales que permitan su desarrollo productivo y la satisfacción de las necesidades materiales, sociales, culturales y otras necesidades colectivas de sus habitantes y para ello debe trabajar y articular todos los esfuerzos en función de un plan de desarrollo comunal elaborado en forma participativa.



[1]. Ver Art.184 de la Constitución y artículos 60, 61 y 70 de la Ley orgánica del poder público municipal.